Literatura

Pequeña editorial, grandes autores

El mundo inmenso, Aura Tazón

9788494338052. 15 euros. Sloper, 2015.




Capítulo 1. 

La princesa invisible


1


Seljuk es el nombre que me dio mi padre, Ayman me llamaron cuando hube de pasar por varón y en la casa de mi esposo, en China, soy conocida como Chew-Lian, apelativo que combina la fuerza de una montaña con la elegancia del sauce. Por cualquiera de estos nombres respondo y vestida con todos he recorrido el Orbe, he navegado hacia Poniente hasta encontrar las montañas donde anida el Ave Roc, he remontado ríos gigantescos a través de selvas interminables.
Soy tu hermana —o lo fui una vez antes de que me condenarais a la invisibilidad— y escapé de nuestro palacio, tu palacio, el de Murad II, rey de los otomanos, más temido que amado, más obedecido que respetado. Huí de ti y del destino que me imponías para seguir un camino inusitado, en pos del Ocaso, más allá de las Columnas de Hércules, más allá del Mar Tenebroso, más allá de la Cola del Dragón, esa tierra ignota que, te aseguro porque la he recorrido, es más vasta que todos los reinos del Islam juntos. Pequeños son los imperios del viejo Mediterráneo en comparación con los que medran en Poniente, o con los que se extienden en Oriente, adonde llegan las caravanas que ahora me traen noticias tuyas.
En una de estas caravanas viaja mi emisario. Si estás leyendo esta larga epístola, crónica de la historia más sorprendente de cuantas te hayan narrado hasta ahora, lo habrás tenido delante. Un joven hermoso, de ojos verdes inquietantes que traspasan el alma y en los que te recomiendo no posar la mirada, porque corres el riesgo de que todos tus errores, toda la sangre que has derramado, todo el sufrimiento que has causado, se vuelvan contra ti y te ahoguen. No es bueno para un sultán enfrentarse a sus demonios, y los ojos de este muchacho tienen la rara virtud de desa-tarlos.
¿Quién es él? Te trae como presentes un pequeño tesoro de exótico contenido, que tus siervos, al abrir, seguramente hayan mirado con codicia: joyas labradas en el oro más puro y hermoso que imaginarse pueda, con motivos extraños, de figuras humanas achatadas con grandes ojos y bocas. Pendientes de filigrana, brazaletes, máscaras, cuchillos de cobre con mango dorado incrustado de lapislázuli, vasijas dignas de un rey, aretes de plata y perlas... También semillas de plantas desconocidas, pieles y plumas de animales de otro mundo, paños de lana fina tejidos con patrones y colores jamás vistos en Edirne, la ciudad de los otomanos, tu ciudad, la de Murad II.
Mi joven emisario se llama Omar y es tu sobrino, nuestro sobrino a quien amo como a un hijo, pues yo lo salvé de la muerte, yo lo crié y yo sufro ahora su ausencia. Tiene quince años, pero aparenta más. A una señal suya, los criados te habrán entregado un atado que contiene varios mapas, todos los cuales tienen algo en común: representan la gigantesca península que llaman la Cola del Dragón, por la forma de su monstruosa costa, más allá de la China y del Gran Golfo. 
Dos de los mapas son muy antiguos, provienen de la biblioteca de Alejandría y los tomé de la de Edirne antes de fugarme. Eres su legítimo propietario y te los devuelvo, si bien te valdrán de muy poco, ya que no sirven para la guerra ni para apuntalar poder alguno. También por curiosidad te entrego una copia del plano levantado por los cartógrafos del almirante Zeng He, que ha recorrido el Gran Golfo desde las costas de China hasta la Cola del Dragón. De este modo podrás comprobar la veracidad de los datos de mi viaje.
El último plano es un boceto de mi propia factura, levantado en Kattigara a partir de un fragmento grabado en piedra que hay entre las ruinas de la mítica ciudad. ¿No has oído hablar de Kattigara? Los navegantes viejos cuentan que hubo una vez una ciudad, lejos, muy lejos, de casas construídas con piedras preciosas, habitada por gentes aladas, en la que se guardaba con celo el secreto para dominar los Siete Mares. De gemas y hombres voladores nada puedo decir, pero sí doy fe de que Kattigara existió, aunque no fue tan magnífica como en las leyendas, y también afirmo que quienes allí vivieron conocían mares y tierras mejor que nadie. 
Omar ―el joven de ojos verdes, mi emisario, nuestro sobrino―, te habrá entregado, por último, el más pequeño de los presentes, el que más te ha de conmover. Se habrá sacado del dedo un anillo, quizá haya dudado antes de dártelo, pues es lo único que le queda de su padre, pero al fin te lo habrá depositado en la palma de la mano. Sin protocolos, sin intermediarios, y ni siquiera tus jenízaros habrán osado impedírselo porque su turbadora mirada derrumba a los más grandes guerreros. 
Sopesas el objeto, lo miras y contienes la respiración. No te cabe ninguna duda, es el anillo de Ahmed, nuestro medio hermano; Ahmed, el bueno, el justo, el mejor hombre de la tierra y, para ti, el más leal, el más fiel de los amigos. Dime, Murad II, rey de los otomanos, ¿no echas de menos su crítica certera y franca, su palmada en la espalda? Tú le regalaste ese anillo que ahora vuelve a ti, portado por su hijo Omar, tu sobrino, mi sobrino, mi prohijado, ese joven extraordinario de mirada glauca.
El anillo y la sangre de Ahmed han viajado en torno al globo, para retornar a Edirne, a tu presencia, a las manos de Murad II. ¡Oh, sí, los geógrafos y los filósofos tienen razón, vivimos posados en una esfera! Lo decía el persa Khayyam: el mundo inmenso, un grano de polvo en el espacio. No sólo lo aseguran las matemáticas, la verdad es que yo misma lo he comprobado; es posible, incluso, que tengas en tus manos el relato de la única persona que ha realizado semejante proeza. Estoy en Edirne, de vuelta en el punto de partida, aunque no en presencia sino como una sombra en estas memorias, como recuerdos y palabras, como espíritu. Así, te puedo contar la historia de ese viaje que empieza hace muchos años, durante el último que hizo nuestra madre a los montes de su infancia, para morir.
Fue mi primera excursión, ¿te acuerdas de lo contenta que iba? No comprendía por qué estabais todos tristes, nadie me habló de la súbita enfermedad de mi madre, tan inexplicable, tan oscura como si la hubiese causado una ponzoña sin remedio. La acompañábamos para que terminara sus días en el lugar donde nació, pero me lo habíais ocultado. Tenía yo seis años entonces y permanecí otros tantos días sentada junto a la tumba, en aquel paraje que se me quedó grabado en el alma. Entonces empezó a manifestarse mi invisibilidad.




2


Seljuk al nacer hija de un rey en Edirne, Ayman al escapar como mozo de carga en un barco, Chew-Lian al sobrevivir y asentarme en China. Hombres, siempre, me han dado uno u otro apelativo. Mi verdadero nombre, el que usaba mi madre, quedó enterrado en aquella soledad de los montes Taurus, junto a ella. No recuerdo si era una palabra concreta o si eran muchas, si Vida, si Flor o si Amor, pero nunca volví a escucharlo ni a sentirlo. Con mi madre, murieron las caricias, la seguridad, la candidez, el cariño... y mi existencia. Desaparecí de vuestro mundo, ¡oh, hermano!, me expulsasteis de él. 
Durante los seis días que siguieron al sepelio, lloré sin moverme de la tumba; los demás estabais tan ahogados por vuestro propio luto que no reparasteis en mi ausencia y hubierais emprendido el regreso sin mí, de no haber sido porque una doncella tropezó conmigo, me recogió y me llevó de vuelta al campamento, ¡bendita sea! Aún me pregunto cómo pude resistir casi una semana sin beber bajo aquel sol abrasador. Esa fue la última ocasión en que nuestro padre, el sultán Muhammad I, me besó; después, dejé de existir para él y para la Creación.
Debo corregir esto: una persona me tenía en mente a diario, alguien que volcaba en mí toda su frustración y sed de venganza. Era Aisha, la primera esposa de nuestro padre, que trajo al mundo a Fatma la vanidosa y a Ahmed, Mustafá y Zafer, los tres varones a quienes tú, ¡oh, Murad, hermano mío!, al ocupar el trono, desterraste o hiciste ejecutar. 
Aisha era una bellísima princesa bizantina, de ojos verdes, a la que no habían educado para compartir marido, así que empezó a odiar al sultán en el momento mismo en que tomó otra esposa. El agravio era mayor por el hecho de que Dilara, la advenediza, hija de un simple gerifalte nómada de las montañas, no se la podía comparar en nobleza ni en hermosura. Sin embargo, Dilara ―nuestra madre― cautivó el corazón de Muhammad, pues era aguda y sabia, discutía con él los asuntos de gobierno cada noche, después de hacer el amor; sin duda tú y yo, Murad, fuimos concebidos entre apasionadas disputas sobre estrategia militar. Mientras, Aisha tenía el poder en el serrallo y procuraba hacer la vida imposible a Dilara, ¿no lo recuerdas, hermano? 
La reina Aisha, hija del emperador cristiano, me hizo blanco de sus resentimientos. ¡Inocente de mí! Fallecida nuestra madre, quise buscar en ella consuelo y protección, pero me equivoqué. Convirtió mi liviana infancia en un verdadero infierno; no te extrañe, pues, que terminase por dudar de la existencia del Creador. Pasé un año huyendo de ella y sobreviví a sus perfidias y trampas, mas a punto estuve de sucumbir a la soledad con que me condenó. ¿Sabías que llegó a prohibir a eunucos y criadas que me mirasen? Les ordenó que actuaran como si yo estuviese muerta; si alguien se interesaba por mí alegaba que me encontraba muy enferma y lo mismo hacía en las reuniones familiares, así que tanto mi padre como tú, hermano mío, terminasteis por olvidarme. 
Llegué a pensar que en verdad había salido de este mundo y que mi cuerpo reposaba en la tumba de nuestra madre, aunque mi espíritu se negase a admitirlo y por eso vagaba por el palacio de Edirne. Deseché la idea, puesto que tenía hambre y los fantasmas no sienten ese tipo de necesidad, en tanto que Seljuk, la Princesa Invisible, hija del sultán Muhammad I, soberano temido por cristianos y musulmanes, tenía un permanente agujero en el estómago que la obligaba a mendigar alimentos en su propia casa. ¡Incluso llegué a robar comida! 
¿Te remueves entre los cojines, Murad, hermano mío? No debes sentir vergüenza, al fin y al cabo nunca lo sospechaste, ¿verdad? No te turbes, ¿qué habrías podido hacer tú, si nuestro propio padre no se inmutaba? Mi sacrificio, según él, aseguró durante un tiempo la paz en el serrallo, pues mantenía ocupada a Aisha. La reina se entretenía en atormentarme, en lugar de en maquinar intrigas contra el sultán; ¿no fue eso lo que te dijo cuando, postrado en su última enfermedad, le preguntaste por mí a instancias de nuestro medio hermano Ahmed? 
Lo escuché desde mi escondite en un pasadizo, uno de tantos que recorren las entrañas del palacio de Edirne, y que da a tu alcoba. Sí, Murad, es el mismo cuya existencia te reveló nuestro padre Muhammad, el que permite al sultán una discreta huida en caso de apuro. Descubrí ese y otros muchos corredores en aquel tiempo, pues la invisibilidad está llena de inconvenientes pero ofrece algunas ventajas: nadie me impedía salir ni entrar, en parte por lástima, en parte por temor a quebrantar las severas normas de Aisha respecto a mi persona, no mirarme, no hablarme, no escucharme, no tocarme, no considerarme… En mi afán por escapar de tan desagradable madrastra, me dediqué a recorrer todos los recovecos del palacio, en busca de rincones y escondrijos; jugaba con arañas y ratones, perseguía lagartijas y arrancaba teselas de los mosaicos, de las que llegué a tener una buena colección, clasificada por formas y colores, que mi imaginación transformaba en ejércitos, animales, niños o cualesquiera cosas capaces de entretenerme. 
Tanta indeseada libertad terminó por llevarme hasta la puerta de la biblioteca, que un buen día hallé entreabierta, afortunada casualidad que cambió mi destino. Entré para husmear el aire de aquel lugar nuevo; olía a polvo, a cuero viejo, a papel… Era una estancia bastante grande, un laberinto de anaqueles, armarios y baúles con libros, rollos y telarañas que recibían la luz diurna a través de unas celosías. Me extrañó el silencio, pues tenía la sensación de no estar sola. Sin hacer ruido, exploré la habitación hasta descubrir quién había abierto la puerta: un hombre apuesto que leía tras los estantes que primero lo ocultaran a mi vista. 
Absorto en un viejo volumen de hojas amarillas, no se percató de mi presencia; de pronto, dejó escapar una leve exclamación de victoria, se acercó con su libro a la ventana y declamó en una lengua dulce y melódica. Más tarde supe que eran versos del gran poeta sufí Ibn Al-Farad y aprendí el idioma árabe en que estaban escritos; en ese momento, aquel sonido armonioso obró como un embrujo que me hizo perder la prudencia. El hombre terminó su lectura y se volvió, pero yo aún escuchaba el eco de su voz y no corrí a esconderme, como habría hecho de haber estado alerta. Era Ahmed, nuestro medio hermano, hijo de la reina Aisha, que no me reconoció.
—¿Qué haces aquí, niña? —inquirió con enojo—, ¿quién eres?
Hacía mucho tiempo que nadie se dirigía a mí, así que no supe responder y él se impacientó. 
—¡Habla, chiquilla! ¡Te he hecho una pregunta! —dijo y cerró el libro de Al-Farad con un gesto brusco que levantó una pequeña revolución de polvo. 
—Seljuk… —murmuré; Ahmed se quedó estupefacto. 
—¿Seljuk? Pero, ¿tú no estabas enferma?
Negué con la cabeza, intimidada por sus ojos verdes, tan parecidos a los de la reina. Él me observó con disgusto. 
—¡Por Allah, hermana, qué sucia y desharrapada te veo! ¿Es que Aisha, mi madre, no te da vestidos dignos de tu condición? —la sola mención del nombre de mi madrastra me hizo llorar y retrocedí—. Hermana pequeña, ¿qué es lo que te ocurre? ¿Y por qué no estás en el serrallo?
Depositó el libro de mala manera y avanzó hacia mí con los brazos abiertos, su gran corazón no podía ver sufrir a una criatura; Ahmed había heredado el iris de su progenitora, sí, pero, ¡cuán diferentes eran sus miradas! Aun así, yo estaba aterrorizada y eché a correr; Ahmed me siguió, mas yo conocía mejor que él los pasillos del palacio y pronto lo despisté.