Literatura

Pequeña editorial, grandes autores

SOBRE "LA GENTE NO ES COMO TÚ"

1. El prólogo de Hernán Migoya.


 

¡¿CÓMO NO ESTÁN USTEDES?!

Prólogo de Hernán Migoya

 

Gabi Beltrán es el mejor escritor nudista de nuestra literatura. Nadie se desnuda como Gabi a la hora de vestir una página.

También es el único señor (el único, señores) por el que me he echado a llorar en medio de la calle.

Porque Gabi no tiene nada, por eso lo da todo.

Por eso hace llorar a los amigos. A mí, ¡en medio de la calle!

Y por eso llega tan lejos frente a un teclado. ¿Qué escritor se va a atrever a llegar adonde llega Gabi? ¿Quién se va a desnudar así, con tanta impudicia, aplomo, carnaza y descarne?

Los demás contemporáneos abandonaríamos la carrera con él sin sospechar siquiera lo lejos que todavía será capaz de llegar el muy, ahítos de flato, mientras le vemos desaparecer rumbo a la meta de su obra, casi de su autoaniquilación, con una sonrisa inalterable y dejándose miembros y vísceras por el camino: eso sí, avanzando siempre con una erección notable y una clase sobresaliente.

Pero nadie puede hablar tampoco (no digamos ya escribir) de Gabi mejor que él mismo. Él inscribe su primera incursión literaria en esa malbaratada tradición del “yo” sin medias tintas, del yo como universo, punto de partida y de llegada de todo ser: la sublimación del solipsismo llevada a sus últimas consecuencias. Todos los escritores (los ambiciosos, digo) tenemos la secreta y absurda convicción de que nadie existe, salvo uno mismo: y uno mismo, sólo a través de su arte. Y gracias a ese arte también existen los demás: cuando el arte funciona, así ocurre de hecho. Gabi dignifica esa puta tradición.

Menudo yo y menuda vida.

De menudos nada, ustedes ya me entienden.

El yo de Gabi lo asume todo: es generador de historias, de amigos y enemigos de corazón, de amigas y migas del alma, de pequeñas anécdotas susceptibles de grandes parábolas, de juicios sumarísimos (no hay juez más cruel consigo mismo que Gabi) y ternuras descomunales. Cuando se atreve a pintar por defecto al resto de seres humanos le salen cuadros magistrales: vean si no esas pinceladas desoladoras, esas salpicaduras de rebote con que retrata a Annie. Pero cuando vuelve a centrarse en él tampoco es manco: aunque se le desgajen los dos brazos en el trajín de retratarse.

Los cuentos y aforismos de Gabi, más que cuentos y aforismos, son retazos: retazos de su persona, que desprendidos adquieren una fuerza y belleza dignas de incandescentes meteoritos provenientes de la mayor hecatombe universal. Como si el Apocalipsis llegase anunciado mediante alegres estribillos de canciones pop, proclamadas por un emisario con pinta de cantante mod, plantado en el escenario con gafas de sol y cojones al aire. Halloween o el primer párrafo de Despacio y hacia abajo (dos estampas frente a una cajera de supermercado, casualmente) son sendos estudios perfectos sobre la soledad. Sólo por esos dos apuntes ya merece la pena este libro. Pero hay muchas más cosas en él, muchos más retazos y apuntes que merecen la pena. Y pena hay mucha. Traigan flotador.

Ustedes son invitados ahora a merodear el paisaje habitado por Gabi después de su batalla: pueden recorrer, cada uno a su ritmo, con la parsimonia de unos saqueadores exigentes tras la mayor conflagración jamás vista de un soldado contra sí mismo, el tramo recién transitado por él, para ir recogiendo y tasando cada uno de los pedazos mutilados que componen este volumen. Atesórenlos, pues valen su peso en oro.

No van a tener brazos para tantos hermosos trozos.

 


 


 


 2 Reseña en La Medicina de Tongoy: 


 

3. Entrevista en Última Hora


 

4. Texto de Álvaro Muñoz Robledano. (Para la revista Ariadna)

A veces se nos olvida que la literatura también se rige por el concepto de eficiencia. Que incluso aquí hay palabras que sobran, nombres innecesarios, circunstancias de más, narraciones evitables. Mi primera sensación al leer estos relatos fue de asombro al constatar la pertinencia de cada línea, la precisión de cada recurso, la exactitud de los engranajes. Y es curioso que se pueda tener presente la factura cuando uno se encadena a un texto tan terrible como el de Gabi Beltrán, crónica de una derrota sin paliativos, de una vida amarga en la que el amor mata, literalmente, y la belleza se acaba en el primer trago. Es curioso que uno recale en el artificio cuando lo que lee está tan vivo que no hay manera de cuestionarse la sinceridad o el fingimiento en lo leído. Lo que aquí se presenta existe, y existe demasiado cerca, incluso dentro de mí, bullendo y a punto de saltar la tapa de esta cordura social tan claramente falsa. Quizás la razón para ese desvío hacia el análisis textual sea la necesidad de tomar distancia, de relativizar la brutalidad con la que sucede lo que sé que está sucediendo ahora mismo, mientras escribo esta nota tan pedante, y que Gabi Beltrán me ha puesto delante de los ojos mediante una escritura magnífica, cruda, estrictamente contemporánea, consciente, eficaz. Porque si no tomo distancia, me condeno a saber de nuevo lo que siempre he sabido: que hemos perdido definitivamente la revolución que nunca llegamos a hacer, y que uno de esos que deambula por las calles malheridas y las playas sucias, pasado de tragos y de silencio, soy yo.

5. 

Reseña de Ana Blé en "Culturamas"