Literatura

Pequeña editorial, grandes autores

LOS TROFEOS EFÍMEROS

Del epílogo del libro
Este libro nació en enero de 2007. Me lo planteé como una colección de poemas fetichistas, inspirados por objetos que podía vincular a mi educación sentimental —de lector, de cinéfilo— y también a mis propias vivencias. Hubo objetos que me llegaron en sueños, como el bañador de Tadzio, el joven de "Muerte en Venecia". Los objetos me dictaban muchas veces simples homenajes a las historias o las personas relacionadas con ellos, pero en bastantes ocasiones funcionaron como garfios lanzados contra mi propia vida. No forcé la máquina y se fue escribiendo el libro durante siete años. Me fui dando cuenta de que el este coleccionismo poético se iba cerrando en torno al tema de la muerte: los objetos, al fin y al cabo, eran huesos, memoria de personajes que quedaban atrás. Llamé por un tiempo a este libro “Imanes”, y hasta pensé en darle el título de “Fosa común”. Cierro una primera edición de este proyecto en 2014 porque ahora se cumplen 100 años de la odisea de Ernest Schackleton, una de las hazañas que más honda impresión me han dejado en toda mi vida, a la que accedí por la lectura de "La prisión blanca", de Alfred Lansing. A ella dedico varias alusiones en el libro y por eso Frank Worsley, capitán del Endurance, está en la portada.No creo que importe conocer el origen de cada referencia, saber quién es cada uno de los personajes que aparecen en los títulos de los poemas. Algunos son muy populares y otros no. Creo que los poemas deben bastarse y no quedar distorsionados por lo mucho o poco que el lector sepa de los hombres o mujeres que poseyeron esos objetos. En realidad, supongo que no hablo siempre de esas personas, sino de mí o de cualquiera.

 

Índice, algunos títulos de los poemas del libro 

La bufanda de Bolaño, El bastón de House, Las bragas de Liv Tyler, El piercing de Silvia Saint, La txapela de Ramiro Pinilla, El acordeón de Julieta Venegas, El pastillero de Whitney Houston, El abrigo de Woody Allen, El puro de Groucho, Los huevos de Cherry-Garrard, El ajuar de las hermanas Lisbon, La rosa de Sheri Martinelli, El sextante de Frank Worsley, El sable de Kurt Vonnegut, La estufa de David Mamet, El balancín de Tom Doniphon, El bañador de Tadzio, La chaqueta de tweed de Holden Caulfield, Los guantes de Thom Jones, El panamá de Malcolm Lowry, El diario de Wilson, El testamento del Yeti, La lata de pepinillos de Szpilman, La silla de Superman, La cama de Harper Lee, El birrete de Odiseo, El vellocino de Velasco, El Gran Torino de Walt Kowalski, etc

AUTOR

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) es profesor de lenguas clásicas en enseñanza secundaria, columnista en prensa, novelista y poeta. Es responsable de la revista literaria trimestral La Bolsa de Pipas, nacida en 1995, y de la editorial Sloper (creada a finales de 2007). Antes de "Los trofeos efímeros" sólo ha pubicado dos libros de poemas: Gomila park (1995) y Café con amazonas (2002), si bien su opera prima "Las ingles celestes" (1997) fue calificada por Eugenio Granell como "Poesía novelística". Ha publicado entre otras las novelas "Gólgota" (Premio Camilo José Cela Ciudad de Palma), "Stradivarius rex" (2009) y "El general y la musa" (2013). Obtuvo el V Premio Desnivel con "Viaje por las ramas, divagando por la Stiria austriaca" (2004).


 

LOS TROFEOS DE ROMÁN, por Octavio Cortés 

Recomendaba Goethe sólo escribir poemas de ocasión. Sus Elegías Romanas nos permitieron entender a qué tipo de ocasión se refería el muy cabronazo. Un profesor (los profesores mallorquines son murciélagos domesticados) me aclaró la cuestión durante una noche de copas, a principios de los noventa: “Hölderlin está bien, pero Goethe follaba más”.

El verso debe ser asfalto de Acuario, nácar incendiado. Pero también el poeta tiene un deber civil: ser el meditador, el peatón, el último hombre de las seis menos cuarto. Se espera de nuestros oráculos que lleven a todas partes una lista de la compra. Queremos lascivia legendaria como también queremos decencia, porque son siempre una y la misma cosa. 

¿Era necesario contar/descontar/cantar/decantar los minutos plomizos del crematorio de Miguel Ángel Velasco? Entiéndase que tratamos de un poemario que incluye los versos “Qué engorroso es ser hombre, sobre todo / para enfrentar las muerte de los otros. / Lo tenemos ya todo, / menos la libertad de dejar a los nuestros / en el lugar exacto de su muerte, / sin más celebración que nuestro duelo”. 

¿Era necesario vestirse de Prufrock y evocar/ invocar /revocar el amor que por no poseído conocimos como sólo conocen los vagabundos y clarividentes? “Después de tantos años, ya todos a la nuestra, / no vemos a la musa que nos sedujo entonces: / uno nunca ha escrito coño en su poema / y sigue masticando adelfas de luna”.

Este es el tiempo de multitudes rugientes camino de la siesta. Este es el tiempo para un nuevo sacerdocio lisérgico. No conste como no dicho. Este es el tiempo de los albaricoques venusianos y los altercados de bolsillo.

Román quiere escribir un poemario fetichista en el que cada ironía se desmaye sobre sí misma como un fúnebre castillo de naipes. Está en su derecho – sobre todo, le permitiremos que acierte una y otra vez, una y otra vez. A estas altura, esperamos de nuestros poetas que detecten necesidades con su olfato ilegal, su hambre de tardía destrucción amorosa. Que ellos nos repitan las viejas oraciones, encaramados ahora sobre mil viejos aparatos de televisión.

Román quiere pasear cuando la tarde refresca y soñar con Liv Tyler. Jugar a las canicas con esta época de belleza electrificada. Román pretende no haber leído a Baudrillard y sus “Simulacra” de caoba finísima. Pues quiere seguir guiñando el ojo de la mente. Logrando versos. 

“Al final nos vamos como si fuera / maravilloso el relato de nuestras vidas, / en un último brinco sobre islas flotantes”. 

 

Según Pessoa el sueño alberga la forma definitiva de la tristeza. Román sin embargo está doblando una esquina, está amaneciendo, está vibrando en cinco dimensiones. Está deseando ponerse de puntillas para robar algo. En sus propias palabras: vivir como si ya hubiera muerto.