Literatura

Pequeña editorial, grandes autores

Primer capítulo de "Niña invisible", de Melisa López


Capítulo 1. Algunas niñas no vuelan ni 
en sueños




Me da miedo la oscuridad y quedarme sola en la habitación. Mi habitación está al fondo de la casa, al lado del salón y, aunque es una casa pequeña, me da la sensación de estar muy sola porque mis padres y mi hermano duermen justo en la otra punta. Sus habitaciones están muy juntas. La luz de mi habitación es blanca y no tiene la calidez de las bombillas amarillas, lo que hace que, si enciendo la luz en mitad de la noche, tenga la sensación de estar en una sala grande y fría. Y me siento más sola, más pequeña.


A veces en mitad de la noche me despierto sudando por culpa de las pesadillas. Las odio. No puedo controlarlas. El sudor hace que luego sienta mucho frío. Antes de dormirme pienso en soñar algo bonito, alguna cosa buena que me haya pasado durante el día, pero las más de las veces no hay manera. A menudo me hago pis en la cama del miedo que paso y llamo a mamá en mitad de la noche gritando. Ella viene y, enfadada, me cambia las sábanas y me saca otro pijama. Suele estar enfadada, cansada y triste así que tampoco me resulta muy extraño. Y es que prefiero que esté mamá enfadada conmigo, pero en la habitación, que estar sola. Siento un poco de vergüenza porque ya tengo nueve años y aún mojo la cama a veces. Mamá me lo recuerda. 



Cuando me riñe utiliza mi nombre completo sin diminutos. Estefanía. ¿Otra vez te has meado, Estefanía? A mí me suena a enfado porque casi nadie me llama por mi nombre completo. Mamá sólo lo utiliza cuando está enfadada, pero cuando está de buen humor me llama Nía, como todo el mundo. Un día en clase estuvimos hablando de lo importantes que son los nombres para las personas porque, dice mi maestra, nos acompañan para siempre. Mi maestra piensa que el nombre dice mucho sobre nuestros antepasados y nuestros orígenes. Noelia, una niña de mi clase que se sienta detrás de mí, no sabía qué significaba esto de los orígenes. En realidad no lo sabíamos la mayoría. Estas cosas pasan mucho en mi clase: muchos no lo sabemos pero sólo uno o dos se atreven a preguntarlo. No es que no nos guste hablar, vaya si nos gusta. Es más bien que nos da vergüenza. Da vergüenza ser la única persona que no sabe algo porque, en mi colegio, no sé en el tuyo pero en el mío es así, cuando alguien no sabe algo y pregunta un montón de dedos te señalan mientras, de fondo, las risas burlonas suenan a la vez. Mi iaia siempre me dice que tengo que preguntar lo que no sepa. Yo le explico que a veces me da vergüenza y ella me contesta siempre lo mismo: Pues quien tiene vergüenza ni come ni almuerza. Y yo no entiendo bien qué tiene eso que ver con preguntar a la cajera del Tandy cuándo traen la leche, pasar a casa de la vecina Luisa para preguntarle si nos deja un poco de sal o preguntar en clase algo que no entiendo bien. Si tuviera que pedir comida porque pasara hambre pues la pediría, no tendría vergüenza. La pediría. No podemos vivir sin comer. La pediría. Pero podemos vivir sin saber lo que son los orígenes, ¿no te parece? En fin, cosas de mi iaia, que como pasó hambre de pequeña acaba siempre pensando en comida. Yo asiento con la cabeza para que no se sienta mal pero creo que no está entendiendo nada de lo que le digo. El caso: que ya sé lo que es el origen y no está mal tampoco haberlo aprendido. El origen, dice mi maestra, es el lugar de donde procedes. Dice que es el principio de algo, de alguien. A lo mejor de una familia. 


En mi familia muchas mujeres se llaman Carmen. Mi iaia se llama Carmen, como su abuela. La madre de mi iaia se llama María, así que ahí hicieron un salto con el nombre de Carmen pero mi iaia le puso a mi madre también Carmen. Aunque en casa, para no liarse, y por ser la pequeña de todas las Carmen, le llaman Carmencita. Mamá también hizo un salto, como su abuela, y no me puso Carmen. 
En cuanto llegué a casa del colegio le pregunté a mamá por qué me había puesto ese nombre. Me dijo que Estefanía era el nombre de la protagonista del libro más bonito que se había leído en su vida. Me puse muy contenta aunque lo cierto es que mi nombre es muy diferente a los nombres de las niñas de mi clase, que son más sencillos, y no me gustaba tener un nombre tan… ¿rebuscado? Pero claro… ahora ya entiendo que mamá lo buscó y rebuscó. Entre todos sus libros, que llenan las estanterías de casa, sólo uno contiene mi nombre. No sé cuál es. Por la emoción que me dio su respuesta se me olvidó preguntarle. Un día de estos le pregunto. Un día que no esté enfadada y que me llame Nía aprovecho y le pregunto. Y es que a mamá hay que saber cuándo preguntarle. Eso es algo que las hijas y los hijos vamos aprendiendo. Las madres y los padres tendrían que venir con un manual de instrucciones como la tele, el vídeo o el microondas.
Mamá se pone especialmente de mal humor cando la llamo de madrugada. A veces me despierto aterrada y la llamo con un hilo de voz. Como no me contesta grito más y más y más hasta que, medio dormida, me dice que si tengo miedo me dé la luz. Pero ahora tú ya sabes qué es lo que me pasa con la luz blanca de mi habitación.  Sin embargo no me queda más remedio que darla porque es peor la oscuridad. 


Me alivia compartir el miedo. Un día en el colegio me pasaron una cinta de casete que contenía psicofonías. No te preocupes, yo tampoco sabía lo que era hasta que me lo explicó Carlitos. Son voces o sonidos de gente muerta. Eso me ha dicho. La grabó su hermana, que tiene dieciocho años, en el cementerio. Estaba con unos amigos una noche que había luna llena y se había muerto una chica en una curva de la carretera, una chica que iba vestida de blanco… o que se le había aparecido a un hombre que vestía de blanco y que iba en un coche. O que el coche era blanco o algo así. Bueno, sonidos de muertos que no pueden descansar tranquilos porque les quedaron cosas por resolver en esta vida. Dice Carlitos que si piensas en eso se te aparecen por la noche pero a mí eso no me da mucho miedo. ¿Cómo van a aparecerse por la noche? ¿Por dónde entran? No me cuadra… Lo de las voces es otra cosa. Que estén allí en el cementerio y se quejen… eso sí puede ser. Y que quieran meter miedo a los vivos desde allí… también. El caso, me dejó la cinta para que la escuchara pero al llegar a casa me entró todo el miedo de golpe. La quería escuchar en mi habitación pero me daba espanto de pensarlo. Tampoco podía ir al colegio sin haberla escuchado porque me llamarían cobarde. 
Así que cogí a mi hermano y decidí que iba a hacer una especie de experimento con él. Mi hermano es más pequeño que yo, se llama Víctor y el origen de su nombre es fruto de un chantaje. A mamá y a mí nos gustaba el nombre Samuel pero Él me dijo que si le decía a mamá que había cambiado de opinión, y le mentía diciéndole que ahora me gustaba más su nombre,  me compraría una muñeca. Ahora mi hermano se llama Víctor, como Él, y yo tengo una muñeca pequeña y fea, con un gorro rojo con una borla blanca en la punta y un traje que me da repelús cuando lo toco. Está metida en un cajón de mi mesita porque no es muy bonita y tiene cara de diabólica. Cuando me despierto en mitad de la noche prefiero no cruzarme con esa imagen. No me siento orgullosa de haber marcado el origen de mi hermano de esta forma aunque en casa todos se ríen cuando sale el tema. Yo también me río aunque no le veo la gracia.


Perdona, vuelvo al experimento. Le dije que le iba a poner una música muy bonita. Lo metí dentro de la habitación, le di al play, apagué la luz y salí de allí cerrando la puerta. Mi hermano empezó a estirar del pomo y a intentar salir con todas sus fuerzas, pero le gano yo. Yo estiraba el pomo hacia mí con todas mis ganas mientras lloraba porque me estaba dando pena. Me empecé a acordar de lo malo que es el miedo y lo oía llorar y me daba pena, pero cuando abriera podría protegerlo. Él tenía suerte porque yo estaba ahí para abrazarle y decirle que no le iba a pasar nada, que sólo era un casete que un niño de mi colegio había grabado con voces. Nada más. Las voces no pueden hacernos daño.  Él lloraba y yo también, pero cada uno a un lado de la puerta. Mamá había bajado a por una garrafa de agua así que no tardaría en subir y a mí no me apetecía nada estar castigada. Así que abrí la puerta, le dejé salir, encendí la luz y le di un abrazo. El pobre daba hasta saltos del miedo que tenía. Pero bueno… la vida es así…  Y él tenía suerte. Yo estaba ahí, abrazándolo. 


En ocasiones me despierto porque tengo sueños emocionantes que me sobresaltan. Sueño que vuelo, que voy rozando el suelo pero volando. Me elevo, poco a poco, y consigo pasar por encima de los árboles, de los edificios y de las personas y me divierto mientras saludo a mis compañeras de clase que me miran desde el patio del colegio mientras yo, frágil, segura y esponjosa reboto en los objetos que voy encontrando. Vuelo por todo mi pueblo, por la orilla de la playa, por las rocas del puerto. Veo las barquitas de los pescadores y huele a sal. Huele mucho a sal. Respiro profundo y sigo volando. No quiero bajar al suelo, arriba se está mejor, se ve todo con más claridad. Me muevo más libremente, nadie espera algo de mí porque todos están abajo y saben que me voy. Me saludan o me lanzan besos. Me preguntan por qué vuelo y entonces… justo entonces, cuando me doy cuenta de que no debería poder volar… es entonces cuando caigo. Qué tonta. Las personas no vuelan, no se elevan. Algunas personas no. Y menos algunas niñas. Es muy rápido siempre, sin compasión ni miramientos. De golpe. Caigo. Despierto y llega el miedo. Lloro sin consuelo. Sí, eso es: un auténtico desconsuelo.
Cada noche me gusta dormirme en el sofá de casa. Mamá me pone una manta y vemos un rato la tele. Mi hermano ya está en su cuarto y hace tiempo que duerme. Hago esfuerzos por dormirme en el sofá. Aquí no hay miedo porque está mamá. No quiero que llegue Él. No me gusta. Me produce un dolor en la tripa oír cómo suenan sus llaves antes de entrar en la cerradura. Él suele llegar tarde y yo ya estoy dormida. Silba al entrar en casa y no lo soporto. Me desvela. Es un silbido que nos avisa de su llegada y yo no quiero que Él llegue. Me mandan a la cama cuando Él llega.


Completamente despiderta, con los ojos muy abiertos oigo la tele de fondo. Pido que bajen un poco la voz. Me mandan callar. Hacia un lado y hacia el otro. Vueltas en la cama. Más vueltas. Pienso en Laura, en Ana, en José María, en Sheila, en David. Pienso en que mañana podríamos empezar a montar un baile para la fiesta de Navidad del comedor del colegio con todos los compañeros de clase que no salen a comer a casa. Las sucias. La Pandilla Basura. Las que no llegamos con los dientes limpios y la cara lavada a las tres. Las zarrapastrosas. Las que pasamos hambre porque la comida que nos dan en el colegio no nos gusta a ninguna. Las que llevamos tierra en el pelo si hace viento y los camales mojados si ha llovido. Las que nos reímos de lo sucias que vamos. Las que hemos hecho un club con los chicos porque somos brutas y nos gusta serlo. Es mejor ser bruta. Nadie te intimida en la jungla que es el patio del colegio. Las que jugamos a béisbol y a fútbol a petición popular y pedimos popularmente que ellos participen en nuestros bailes y jueguen a cocineras con el barro del recreo en el descanso interminable que son las horas de comedor. Seguro que les encanta la idea. Podríamos bailar una de Mecano. Como somos bastantes chicas y chicos podemos hacer una coreografía más vistosa. Podemos llevar maquillaje y pintarnos nosotras mismas y a los chicos. A ellos también les divierte y sólo lo pueden hacer cuando hay festivales. Sí, les va a encantar. Mañana les cuento que… Un golpe. Salgo de mis pensamientos. Otra vez no, por favor, otra vez no.

Oigo cómo Él le grita. Le dice que nos va a coger a mi hermano y a mí y se nos va a llevar. ¡No los vuelves a ver en tu vida!, le grita. Ella llora y le suplica que no. No, por favor, le dice ella. ¡Como una fulana!, dice Él, bailaste con nuestro vecino como una fulana. En la fiesta del casal de la falla. ¡Como una guarra!, dice también. 
Con nuestro vecino, que es el padre de un niño que es mi amigo. Con nuestro vecino que es el marido de una mujer que es amiga de mamá. Con su mujer allí delante. No entiendo nada porque su mujer bailaba también, con otros. Con él, con otras. No pasaba nada. Sólo bailaban. Debo haberme perdido algo. Él no vino a esa fiesta porque estaba viendo el fútbol y, como siempre, nos llevó mamá que bailaba y reía… como todo el mundo. Era una fiesta. Pero no está bien. No se baila con otros. No se ríe con otros. No lo controlo y mi cuerpo ha empezado a temblar. Yo no quiero irme a ningún sitio con Él. Él no me gusta. Me pongo nerviosa cuando está. Está poco pero cuando está no me gusta. Sé que es mi padre pero no me gusta. Él no me gusta nada.


Me meto debajo de las sábanas y la manta. Tiemblo sin parar. Sudo y sé que luego tendré frío. Pienso en canciones. La de la mochila azul. La de ojitos dormilones. Pienso en cuando mamá me rasca la espalda para ayudarme a dormir porque me cuesta. Ya no oigo nada. Dejo de temblar. Oigo cómo están riéndose ahora. Ya ha pasado. Oigo cómo tienen sexo y me causa repugnancia. No te dejes, mamá, pienso, no le des besos, mamá. 


No sé a qué hora conciliaré el sueño porque ya no me quedan cosas bonitas en las que pensar porque no tengo una vida tan emocionante. Imaginaré otra vida. Quiero soñar con volar. Quiero subir alto, irme lejos un rato, aunque sólo sea un rato. Pero algunas niñas no vuelan, ni en sueños. Yo no puedo volar. Yo no sé. Yo no soy capaz. Yo no. Creo que me estoy durmiendo porque me pesan mucho los ojos y no oigo nada en la casa. Ni un solo ruido ya. Me gusta el silencio. Ahora tú ya sabes por qué hablo bajito y por qué me gusta el silencio. Ahora tú ya sabes por qué tiemblo si alguien grita mucho o me violenta. Tú ya sabes ahora por qué me quedo bloqueada cuando alguien utiliza un lenguaje agresivo conmigo. Ahora tú ya lo sabes.


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